Después de desayunar, nos hemos preparado para levar ancla y acercarnos a la Marina Yachting, a ver si podíamos abarloarnos a uno de sus pantalanes durante un par de horas. Lo primero ha sido llamar al Capitano di Porto para anunciarle nuestra maniobra. De nuevo hemos intentado llamar por radio a la marina, pero no hemos obtenido respuesta. Cuando estabamos ya cerca, hemos visto a un marinero - que luego comprobamos que era el contramaestre - al que le hemos explicado nuestras intenciones, y nos ha enviado al pantalan mas exterior. Alli, tras amarrar le hemos dado una propina por su ayuda: esto es algo que siempre "facilita" la solución de posibles necesidades posteriores.
El acceso a tierra desde ese pantalán exterior es algo complicado, al menos en estos momentos en que la marina está en obras. En primer lugar, solo le une a la plataforma de acceso al resto de los pantalanes un simple tablón de madera - a modo de "pasarela" - sobre el que hay que pasar haciendo equilibrios. Después, para pasar desde esa plataforma, en la que esta la caseta-recepción de la marina, al muelle pegado al paseo de la ciudad, hay que coger un bote que esta unido por cabos a la plataforma, por un lado, y al muelle, por otro. Además, ese muelle esta a mas altura que la del bote, con lo que se necesita que alguien eche una mano para subir, superando el desnivel. Desde luego, este sistema dificulta el acceso libre a los barcos amarrados en esta marina.
Al llegar a tierra, lo primero que hemos hecho ha sido sentarnos en una terraza a tomar un zumo de naranja roja siciliana. Es un fruto de color rojo intenso, que solo se encuentra en esta gran isla. La terraza esta situada frente a la Cámara de Comercio asi como de algunos hoteles, y queda en sombra gracias a los arboles que la rodean. El kioskero, el hombre que atendía el kiosko de dicha terraza, era un hombre muy amable y al pedirle patatas fritas como él no disponía de ellas en su kiosko, fue a otro cercano a por ellas. Da gusto encontrar gente tan amable. Al irnos, le preguntamos por un taxi para dar una vuelta por la ciudad, pero él nos recomendó el microbús público, cuya parada estaba al lado de su kiosko. Nos dijo que el microbus pasaba cada veinte minutos, pero parece que el tiempo se mide de forma diferente en esta ciudad, ya que tardó bastante mas en llegar. Estos microbuses urbanos tienen el sabor propio de la ciudad y de sus gentes. En ellos suben personas de todas las edades con sus bolsos y paquetes. Los jovenes suben con la sillita del niño y los mayores incluso con bolsas de la compra. Esto en Italia es maravilloso, pues es un pueblo que habla y gesticula continuamente. Es un pueblo con gran vitalidad.
El microbus nos dió la vuelta entera a Ortigia, la ciudad antigua. Después nos bajamos en la Piazza Archimede para patearnos sus callejuelas, callejuelas con olor a flores con trasfondo marino. Esta es posiblemente la época del año mas adecuada para visitar Siracusa, pues aunque hace buen tiempo, no hace un calor asfixiante, y la afluencia de turistas es grande pero no masiva.
Tras sentarnos un rato en la terraza anterior, para descansar y tomarnos una cerveza, a las 13.30 h nos embarcamos de nuevo en nuestro barco. Después de soltar amarras llamamos de nuevo al "Capitano di Porto" para comunicarle que abandonábamos la marina y Siracusa. La bocana la traspasábamos a las 14.10 h rumbo Augusta. Sin embargo, al ver que esta ciudad esta muy cerca de Siracusa hemos cambiado el destino: Catania.
Ignacio tuvo que ir a la caseta-recepción - una simple caseta - para hacer la entrada en el puerto. Es una marina "no barata" dado que estamos en temporada baja, o como mucho media. Parece ser que en Italia es conveniente negociar el precio del amarre en un puerto con antelación a arribar a él. Alli le presentaron al guarda de noche, cuyo turno empezaba poco despues. La cena fue a bordo a base de pisto con arroz y steaks a la plancha, todo ello con vino blanco siciliano. Después gin-tonic y whisky acompañaron la sobremesa.







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